CARTEL DE LAS GLORIAS 2026.

El cartel de las Glorias alcalareñas es esta pintura de Pablo Rosa Rodríguez, representando a la Virgen del Rosario de Santiago, Titular de la Hermandad de la Misericordia.


Así lo explica su autor: “La obra que hoy os presento se puede definir como un verdadero pregón pictórico, un susurro de fe hecho color, luz y memoria, donde cada trazo no solo construye una imagen, sino que narra una historia que atraviesa siglos.

En ella late el alma de una Hermandad cuya raíz se hunde profundamente en la histórica Archicofradía Dominica del Rosario de Santiago el Mayor, de la que ya se tiene constancia documental en 1579.

Desde entonces, generaciones de fieles han depositado en la Virgen del Rosario sus plegarias, sus esperanzas y sus silencios, tejiendo una devoción que ha sabido resistir al paso del tiempo, incluso en los momentos de decadencia.

Pero esta obra no se queda en el pasado, sino que también abraza el renacer,  evocando  con especial ternura y orgullo aquel año 2004 en el que un grupo de jóvenes, casi niños entonces, decidieron volver la mirada a lo que siempre había estado en su corazón: la Virgen del Rosario.

Movidos por el amor sencillo y verdadero que nace en la infancia, retomaron su culto y se propusieron devolverle a su Hermandad la vida que nunca debió perder. Aquel impulso juvenil, lleno de ilusión, sacrificio y compromiso, se materializa aquí hoy como símbolo de continuidad, como testimonio de que la fe no se hereda, sino que se revive generación tras generación.

En el centro de la composición, majestuosa y serena, se alza la Virgen del Rosario, verdadera columna vertebral de la obra. Su rostro, dulce y cercano, transmite una paz que parece detener el tiempo. Los pendientes de pedrería en relieve tridimensional y la corona trabajada con volumen no son solo elementos ornamentales, sino signos visibles de su realeza celestial, destellos que capturan la luz y la transforman en devoción. Todo en Ella habla de belleza, pero también de cercanía, de una Madre que escucha, que acoge y que guía.

En sus brazos descansa el Niño Jesús, que no es solo figura, sino mensaje. Sus potencias en 3D irradian divinidad, mientras la cruz que sostiene en sus manos, adornada con piedras de colores, se convierte en un profundo símbolo eucarístico. En esa pequeña cruz se resume el misterio más grande: el amor entregado, el sacrificio que da vida, la esperanza que nunca muere. Es un detalle que, aun siendo  delicado, contiene una fuerza espiritual inmensa.

A los pies de la Virgen, los ángeles completan este relato cargado de simbolismo.

El ángel que sostiene el rosario representa la inocencia, la pureza y la juventud de los hermanos actuales, esos que, como aquellos jóvenes de 2004, siguen sosteniendo la devoción con manos limpias y corazones encendidos.

El ángel que porta el cetro, en cambio, nos habla en silencio de los que ya no están, de los antiguos hermanos y de todos aquellos que dedicaron su vida a la Hermandad: un homenaje emotivo de cariño  y respeto a la memoria, una forma de decir que nadie se va del todo mientras siga siendo recordado.

El fondo de la obra  es un escenario vivo, fiel a las emociones del recuerdo y a la realidad geográfica.

La torre de Santiago el Mayor se alza firme, como testigo de la historia y guardiana de la fe del pueblo. A su alrededor, el cielo se tiñe con los colores cálidos del atardecer, una luz que no es final, sino tránsito, símbolo de esperanza y de eternidad. Es la hora en la que todo se recoge, en la que el alma se eleva, en la que la Virgen parece aún más cercana.

Los colores que envuelven la escena no son casuales: evocan lo sagrado, lo litúrgico, lo eterno. Y junto a ellos, las llaves del escudo de Alcalá y la corona aparecen como sello de identidad, como afirmación de que esta devoción no es abstracta, sino que está profundamente arraigada a un pueblo, a sus calles, a su historia y a su gente.

Así, la obra no solo se contempla, también se siente. Es un puente entre el ayer y el hoy, entre los que fueron, los que son y los que vendrán. Es una oración hecha pintura, una declaración de amor a la Virgen del Rosario y a su Hermandad, a sus hermanos.

Y, sobre todo, es el reflejo de una fe viva que, como el rosario que pende de sus manos, se desgrana cuenta a cuenta en el corazón de todo un pueblo.

Y así, cuando la mirada se detiene y el corazón comprende lo que el alma ya intuía, solo queda dar las gracias.

Gracias a la Virgen del Rosario por ser mi faro durante estos meses ,Gracias a todos los que fueron, a los que son y a los que vendrán, por mantener viva esta llama que no entiende de tiempo ni de distancia, que es la devoción a la Virgen, gracias a todos los que confiaron en mi para la realización de esta obra, al apoyo constante de mi familia y de mis hijos.

Por  todo eso quiero que esta obra no sea un final, sino un comienzo; que cada trazo siga hablando en el silencio, que cada color siga emocionando en la memoria y que cada detalle siga despertando la devoción más sincera. Porque mientras exista un corazón que rece, una mano que pinte y una mirada que sueñe … la historia seguirá viva.

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